Es el aullido melódico de un imperio segregado,
Que reclama sus tierras, que anhela su sangre derramada.
Sus canciones: rapsodias cantadas por reinas destronadas.
Ellas -solo ellas saben emular el cantar de las sirenas y nereidas - de piel color nocturno, que habitan ciénagas y pantanos.
Busca, se encuentra el lugar al que pertenece, es remembrar las raíces de donde hemos brotado; de la tierra que es semilla, que es terreno.
Y con su falsete, vibra el ébano. Y el marfil se guarda el silencio en su mayoría.
Conjuros que invocan pequeños diablos de cuernos color celeste, giran y danzan alrededor del fuego que jamás se extinguirá.
Su ofrenda musical que no es escarlata, es color azul, añil, cerúleo o negro.
¿acaso importa? No. No importa, no hace falta asignarle un color a la tristeza.
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